Hoy, 8 de marzo, escribo para nadie. Mi lectora está en huelga (también de lectura). Como mero colaborador eventual de las huelguistas, le voy a redactar un artículo para que lo lea mañana. Le cuento mis dudas, mis remordimientos y algunas experiencias que vienen al caso.

De entrada, no caeré en la impostura: no me siento tan feminista como mis amigas Carmen Calvo o Teresa Tomé, pero desde que el patriarcado me dotó de poder me he embarcado en la defensa beligerante y en la promoción activa de las oportunidades para la mujer, creo que por convicción pero, si no fuera así, por una razón de más peso: desde hace treinta años estoy rodeado en mi familia más próxima de cuatro mujeres, tres de las cuales me reconocen como padre.

Admito que el medio ambiente machista en el que los hombres hemos nacido, crecido y nos hemos reproducido imprime carácter y que, como escribe hoy mismo el periodista Nacho Escolar, los que menos somos al menos un poco machistas, no en el modo cavernícola, maltratador o delincuente, claro, pero sí en la práctica de tics mamados del ecosistema.

Hecha la anterior declaración de parte como imputado, añadiré en mi defensa que mucho antes del 15-M yo estaba ya indignado con bastantes señales negativas contaminantes de nuestro entorno. Una de las principales, que transmite un desagradable ruido, viene siendo la posición y la visibilidad de las mujeres.

Mi provecta edad me ha permitido circular por un número de empresas e instituciones suficiente para testar la situación y para concluir que es manifiestamente mejorable. En el primer periódico donde tuve una nómina, La VOZ de Córdoba, trabajábamos en la Redacción apenas una decena de profesionales, todos hombres, como en el Consejo de Administración de la sociedad editora del mismo, en el que se sentaban encantados de su obra bancarios píos, comunistas irredentos y abogados de causas perdidas. En mis siguientes experiencias profesionales, asomaron ya las mujeres, jóvenes y generalmente valiosas, que tuvieron los mismo derechos económicos y sociales que los hombres mientras no osaron apostar por la maternidad. Y ninguna llegó a redactora-jefe ni mucho menos a directora.

En mi cuarta experiencia periodística, la revista ANDALUCIA ECONÓMICA, los hombres estábamos ya en minoría pero yo era el director y otro colega el gerente. Sólo innové contratando directoras de publicidad y de marketing. En los últimos años del pasado siglo formé parte de un Gobierno (de Andalucía), con la voz que portaba pero sin voto, donde se contaban 11 hombres y 3 mujeres (esta ratio mejoró años después convirtiendo en 2004 al Gabinete en paritario, por primera vez en España).

Luego, me llegó la prueba de fuego cuando me convertí en el vértice de una organización (RTVA) y ya no podía echarle la culpar a nadie por encima. En mi segundo organigrama, copé prácticamente los puestos principales con mujeres, destacadamente las direcciones de los dos canales de televisión (Canal Sur TV y Canal 2 Andalucía), la dirección comercial, las jefaturas de relaciones institucionales y de control interno y auditoría, así como varias direcciones territoriales de la  empresa pública. El coste personal fue alto: discutiendo agriamente sobre mi iniciativa, casi perdí un gran amigo, cuyo errado criterio atribuía mis nombramientos a “quedar bien” mucho más que a los méritos y valía de las designadas. Recuerdo que puse voz del doblador de Denzel Washington y le solté: – Amigo mío, si fuera sólo por mérito y capacidad, ¿cuántos de mis directivos varones se mantendrían en el organigrama?  No supo darme una respuesta, pero desde aquel día nuestra amistad empezó a sangrar y bien que lo lamento.

Por no cansar más a mi lectora, terminaré certificando que en los últimos organigramas y/o Consejos de Administración de los que he formado parte o a los que he asistido, había (hay) una o ninguna mujer. Y se entiende mejor así mi beligerancia cuando contemplo a mis hijas y su vida por delante. E intento aleccionarlas para que se eleven por encima de prejuicios y patologías del ecosistema, como esa que les inocula el “síndrome de la impostora”, que no cree en sí misma ni en su propio valor, inducida por el reparto de roles de la vieja e interesada estructura patriarcal.

Y un último apunte para revestir este artículo de un pretencioso barniz intelectual: quienes abanderan la oposición a la huelga feminista de hoy alegan su naturaleza ideológica porque muchas de sus promotores la han tildado también de ‘anticapitalista’. Claro que es ideológica, tanto como el maridaje del patriarcado y el capitalismo, que se han retroalimentado a través de la historia. La división sexual del trabajo no nació por generación espontánea, sino cuando al emergente capitalismo le venía bien reforzar al viejísimo patriarcado: el trabajo para el mantenimiento de la vida (reproducción, cuidados) se atribuye a las mujeres y para la producción de los medios de vida se asigna a los hombres. Como advirtió Engels, “el primer antagonismo de clases en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino”. De ahí deriva todo lo demás: la brecha salarial, el techo de cristal, la violencia de género,…”. La huelga feminista de hoy es ideológica, of course, pero sin ese componente estaría igual de justificada.

Por todo lo anterior, la primera huelga feminista de la historia de España (y de ciento y pico países más) está triunfando hoy. Estoy de acuerdo con ella, sin la menor reserva, por esto y por aquello. Y si no me asistieran las razones expuestas, invocaría la mayor: mi lectora. Mis cuatro lectoras.