El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, catódico, exuberante en su labia, meritado populista y, de cuando en cuando, tornasol ideológico, se muestra contumaz en el error cuando el objeto de su análisis político es Andalucía. Un profesor de Ciencias Políticas, aunque sólo sea interino, tiene que exigirse más, debemos exigirle más, aunque su juventud le imponga hablar de oídas o por panfletos partidarios.

Ya logró que nos chirriaran los oídos en aquel sonado debate de campaña electoral (diciembre de 2015) cuando, después de liarla con House Water Wacht Cooper (¡qué mal oído tienes, Pablo!), se quedó tan pancho afirmando que las manifestaciones del 4 de diciembre de 1977 en Andalucía tenían por objeto pedir la autodeterminación. Así no puedes aprobar ni 1º de Políticas, Pablo.

Ayer mismo, en una ‘performance’ perpetrada por la Cadena SER con motivo anticipado del 40 aniversario del 4-D-1977, Pablo Iglesias bajó de los cielos de Madrid (esos que todavía no ha conseguido asaltar) para impartir doctrina en Andalucía. Esforzándose en la empatía con los andaluces, volvió a desbarrar en su interpretación del 4-D (el que se cobró la vida de Manuel José García Caparrós, no lo olvidemos) y del referéndum del 28-F. El mensaje implícito pretendía homologar las movilizaciones andaluzas con el procès  catalán, en cuanto ambas aspiraban a forzar la legalidad para ajustarla a sus pretensiones.

En el fondo de su discurso, el líder podemita trataba de legitimar la posición ambigua, poliédrica, que ha mantenido en el conflicto catalán, saldada hasta ahora, bajo su reivindicación de un referéndum acordado,  con la comprensión de las aspiraciones separatistas y sin la condena de su vulneración flagrante del orden constitucional. Una posición respetable y legítima en su confusión pero que no puede sustentar en un análisis incorrecto del sujeto político ‘Andalucía’.

Carente de metodología alguna, el análisis apresurado y electoralista de Pablo Iglesias no resiste la mínima refutación, quedándose en meras conjeturas alejadas del conocimiento, como nos explicó Karl Popper.

En el 4-D y, luego, en el 28-F, dos millones de andaluces salimos a la calle para reivindicar nuestra identidad diferenciada, denunciar la postergación histórica de este pueblo  y exigir niveles de autonomía (autogobierno) máximos en el marco de la Constitución Española (así figura en el artículo 1, apartado 1 de nuestro Estatuto vigente). Ni más ni menos, Pablo.

En la identidad andaluza priman valores universales, nunca excluyentes, como la libertad, la tolerancia, la igualdad, la solidaridad, y buenas prácticas sociales como el mestizaje, la interculturalidad,.., recogidas expresamente en el Preámbulo del Estatuto de Autonomía para Andalucía.

Los andaluces constatamos y reconocemos las “singularidades y hechos diferenciales” en España, pero no aceptamos que se instrumenten como coartadas para “determinados privilegios” ni como  factores determinantes de la desigualdad en los distintos territorios del Estado.

Cualquiera que sea el método con el que nos aproximemos al hecho histórico (positivista, marxista, historicista), el 4-D y el 28-F no son homologables, de ninguna manera, al procés, Pablo. Para hablar tanto, hay que estudiar más, colega.