Ahora sabemos ya que la riqueza natural de Madrid no se derramaba generosamente sólo para financiar los servicios públicos de Andalucía, según dijo Cristina Cifuentes (véase nuestro post de 17/11/2016), sino que, a través del Canal de Isabel II, fluía también para destinos más próximos y remotos. Es lo que tiene ser rico/a de cuna y dadivoso de nacimiento.

En casos como el de Ignacio González, ex presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, encarcelado por la presunta comisión de delitos conexos con el saqueo de las arcas públicas madrileñas para lucro propio y ajeno (PP), siempre me pregunto qué pulsión mueve a estos individuos que no se conforman con gozar de su supuesto derecho natural al poder sino que necesitan viciosamente afanar más y más sin medida. El paradigma sería Rodrigo Rato. ¿Qué mecanismos del cerebro tienen más desarrollados –es un decir– que el común de los ciudadanos para estar en la cima del mundo, sea el FMI o la vicepresidencia del Gobierno de España, y estar maquinando con perseverancia para enriquecerse sin freno?

Según las investigaciones más recientes, la culpa sería de la dopamina, un neuromodulador producido por células de la parte alta del tronco cerebral, conocida como la molécula del placer, que sería la inductora de la obsesión por el dinero. Es la que se llevó por delante, por ejemplo, a Bernard Madoff, el ‘lobo’ de Wall Street protagonista del mayor fraude de la historia cometido por una sola persona, más de 50.000 millones de dólares birlados no se sabe cómo, y que fue condenado a 150 años de prisión. También le atacó en menor escala a los Pujol, en la antesala de la independencia de Cataluña (se conoce que, desconfiados del porvenir, querían estar bien pertrechados por si, finalmente, se consumara la secesión).

Lo peor de estos obsesos es que no tienen consideración alguna con sus prójimos más próximos: ¡Qué manera de meterle las cabras en el corral al sospechoso Fiscal jefe Anticorrupción! ¡Qué inoportuna remoción de las tramas inexplicadas en el Ministerio del Interior!  ¿Cuándo ha pensado Ignacio González en doña Esperanza, en esas lágrimas, en ese sufrimiento de una mujer tan ajena siempre a todo lo que se cocía en su entorno? Es de malnacidos ser desagradecidos. ¿Cuándo ha pensado Ignacio González en don Mariano y en los enanos del circo que le crecen en infeliz coyuntura? ¿Por qué se arriesga Ignacio González a convertirse para siempre en un adinerado convicto y donnadie, por ejemplo en un “esa persona por la que usted me pregunta”? Ni la dopamina ni tanto placer merecen el calvario de Ignacio González y sus efectos colaterales.