A petición de mi lectora e impelido por la actualidad, que devino moda, someto a mi modesto juicio los casos de genios de la creatividad humana cuyas abominables conductas defraudan a sus seguidores condenándoles a una esquizofrenia desorganizada en la que conviven confusamente la rendida admiración al mito y la repugnancia a sus actos abyectos y/o a su carácter despreciable. La nómina de ejemplos está en la cabeza de cualquiera, pero citaré a algunos de los que más he apreciado: Isaac Newton, Richard Wagner, Nikola Tesla, John Lennon, Gustave Flaubert, Picasso, Neruda,… y tal vez Woody Allen.

Ha debido de haber menos mujeres malvadas o menos reconocidas geniales (Virginia Woolf sería buen ejemplo de los dos atributos), lo que explica la ausencia clamorosa de ellas en esta improvisada lista. Hay otros casos de genios repudiables que no catalogo porque no los he apreciado nunca: Aristóteles, un auténtico imbécil; Michael Jackson, aficionado a los niños; Gandhi, que a pesar de ser Mahatma (gran alma), propendía a las niñas, despreciaba a las mujeres como provocadoras y, si por él y su ‘resistencia pasiva’ hubieran sido, Hitler aún mandaría en la vieja Europa; Roman Polanski, violador convicto y confeso; y así sucesivamente.

La cuestión que se dirime se podría formular así: ¿la canción pacifista  ‘Imagine vale o significa menos para la humanidad y para cada uno de sus fans si su presunto autor, John Lennon, era, según los testimonios más cercanos, un ególatra, machista, violento  y maltratador, que además ocultó la coautoría de su esposa Yoko Ono sobre la obra? ¿Dejariamos de ver el ‘Guernica’ de Picasso al saber que el genio malagueño era un declarado misógino, tirano y machista, que trataba a sus muchas mujeres con la punta del pie? ¿Gozaremos menos con ‘Tannhäuser’ o con ‘Tristán e Isolda’ si somos conscientes de que Wagner era un reconocido antisemita, racista furibundo y amigo del mismísimo Hitler?

Planteada así, la tensión dialéctica parece menos y la respuesta no admite muchas dudas. Pero si avanzamos en la vista del juicio, un improvisado fiscal podría inquirir de otra guisa: ¿habría que dejar de emitir, pongamos en un medio público, la célebre canción de Lennon por la vileza de un comportamiento que desmiente el mensaje de aquella? ¿Habría que prohibir la representación de óperas de Wagner en el mundo civilizado y democrático? ¿Deben impedir los productores, actores y actrices que Woody Allen vuelva a hacer una película? Planteada así, la cuestión tiene más matices: la obra de un genio criminal no pierde valor ni tiene cárcel pero su exhibición y explotación comercial podría ser sometida a alguna suerte de interdicción. Y, luego, siempre queda la conciencia de cada cual.

Aquí llega la actualidad, que ha devenido moda: Amazon Studios se está planteando no estrenar la próxima peli de Woody Allen, que está ya en fase de postproducción. Como saben, hace 25 años Dylan Farrow (hija adoptiva de Mia Farrow, pareja de Allen durante 12 años) acusó al famoso cineasta de haber abusado sexualmente de ella cuando tenía 7 años y en el contexto temporal de la tormentosa separación de Mia y Woody, que ya entonces mantenía un romance con Soon-Yi Previn, su actual mujer, que también era hija adoptiva de la actriz.

Un cuarto de siglo después, el viento huracanado de la moda, con el perverso efecto desquiciante de las redes sociales, ha resucitado antiguos actos deshonestos, vicios, pecados inconfesables según la creencia de cada uno, y a Woody Allen le ha tocado (también). En la ola con sesgo retrospectivo  han juntado a convictos, sospechosos y, seguro, algunos inocentes, pero muchos hechos fueron repugnantes (con el productor Harvey Weinstein, el gran violador, como paradigma de un proceder asqueroso).

A Woody Allen no le probaron sus presuntos abusos (las investigaciones médicas y policiales no dieron ni para abrir un proceso penal) y él ha negado en un elocuente artículo en New York Times las acusaciones, lamentando ahora además que Mia Farrow “se está aprovechando cínicamente del movimiento Time’s Up” para rescatar “una denuncia desacreditada”. Lo cierto es que a nuestro Premio Príncipe de Asturias (en 2002) el toro lo ha empitonado y sus fans, como mi lectora, no saben cuál será el veredicto justo: si el “Dylan, yo te creo” (la presunta víctima, que hoy tiene 32 años, ha dado los detalles en una entrevista en la CBS) o el Allen víctima de una “caza de brujas”. Como dijo hace 25 años el juez Elliott Wilk, que conoció y archivó el caso sin abrir diligencias siquiera, “probablemente nunca sabremos lo que ocurrió”.

A mi admirado (como actor) Kevin Spacey también lo ha corneado el toro y en este caso va ya camino de la enfermería con pronóstico muy grave. Al prota de la inolvidable American Beauty le han pasado ahora una factura de hace 30 años cuando, en noche de borrachera, le quiso meter mano a un tal Anthony Rapp, un chavalito de 14 años entonces, al que el miedo o lo que sea no le ha dejado hablar hasta ahora. Spacey ha aprovechado la ola subsiguiente de acosados por él en medio siglo para salir del armario sin tapujos. No volveré a ver mi serie preferida, House of Cards,… porque él ya no estará. O sí: ¿qué culpa tiene Robin Wright?