El Black Friday, que se ha instalado entre nuestros usos y costumbres, es una conmemoración sospechosa tanto por su origen como por sus efectos. Del primero, su origen, se ha comentado mucho estos días en las redes sociales que data de tiempos de la esclavitud en USA: tras el Día de Acción de Gracias, los traficantes de esclavos, en un arrebato de generosidad, abrían en la jornada siguiente (viernes) sus particulares rebajas, abaratando el precio medio de la carne de esclavo (negro), para cerrar el ejercicio con buenos resultados. Si damos crédito a esta leyenda, no contrastada por las fuentes historiográficas más fiables, se nos debería caer la cara de vergüenza al celebrar con tanto júbilo semejante memoria criminal (por mucho que estuviera legalizada a la sazón).

Más rigor tiene la referencia histórica que adjudica el término al día en que estalló una de las grandes crisis financieras del mundo actual, que fue un viernes 24 de septiembre de 1869, cuando a dos ‘tiburones’ de Wall Street (ya había fauna de este pelaje) se les fue la mano en la codicia y provocaron uno de los cracks (no nos referimos a la droga ilegal ni a Rafa Nadal) financieros que han quedado grabados en el frontispicio de The New York Stock Exchange. Ahí nació el ‘viernes negro’ y, luego, hemos tenido muchos más, como ustedes bien saben.

Un siglo y pico después, alguien decidió sacarle provecho a la memoria de ruina, blanqueando el día siguiente al de Acción de Gracias para mejorar las maltrechas cuentas de resultados del pequeño comercio, de modo que a partir de ese viernes los números rojos del año se empezaban a transformar en negros y las tiendas de USA se llenaban, como hasta hoy, de consumidores enloquecidos.

La siguiente causa de sospecha del Black Firiday tiene que ver con sus efectos reales, o sea, su beneficio para los consumidores y su impacto en la economía de allí donde se expande. Sobre esta cuestión, un respetable economista, José Ignacio Rufino, profesor de la Universidad de Sevilla, escribía hoy mismo que esta práctica comercial no tiene futuro porque, a su juicio, lo que hace es cambiar compra cara de Navidad por barata adelantada un mes, lo cual –vaticina- acaba siendo un mal negocio para los vendedores. Despacha el BF como “una táctica de marketing para estimular las ventas en fases de bajo consumo y en la desestacionalización”. Como se supone que no hay demanda para tanto, concluye que perjudicará a las ventajas propiamente de Navidad y a las rebajas de enero.

No lo veo yo exactamente como Rufino y sostengo, por propias y ajenas experiencias, que esta copia de usos americanos (a lo que tan dados somos) reactiva el comercio tanto real (tradicional) como online y eleva sin dudas, dicho sea con rigor, la propensión marginal al consumo, es decir, compramos más (a renta personal constante) de lo que lo haríamos sin este cebo de aprendizaje yanqui. Sube el consumo, eleva la demanda agregada e incrementa el empleo temporalmente.

El negro augurio del profesor para el Black Friday deberá esperar, a mi juicio, a la siguiente fase de crisis o recesión económica, cuando desfallezca la actual alegría consumista.