Desde el Australopithecus hasta el hombre de Cromagnon (homo sapiens sapiens), habiendo transcurrido tres o cuatro millones de años, nadie se había portado tan mal con una mujer, es un decir, como los chicos sevillanos de ‘La Manada’ en los sanfermines del pasado año. Ergo estos machotes serían anteriores a los homínidos (que eran más respetuosos con el status de la mujer, como se sabe) y pertenecerían a la más amplia población de los primates que, en el siglo XXI, podríamos versionar como animales de bellota.

Orillemos el juicio que ha quedado visto para sentencia, que corresponde dictar al juez, y sentemos en el banquillo a los estereotipos imperantes y al modelo de conducta que late bajo los actos protagonizados el 7 de julio de 2016 por los presuntos inocentes de La Manada contra la joven que los denunció por agresión sexual.

Primero, el machismo dominante, que acapara hoy la atención y la alarma social por sus derivadas indeseables. El machismo data probablemente del Paleolítico superior pero ha ido degenerando con el progreso, paradojas de la vida, hasta convertirse en una lacra social que, en su peor versión, se traduce en violencia y muerte. En su ADN, el machismo especifica un indisimulado supremacismo que concede a la mujer un rol inferior o secundario, sometida en todos los casos al dictado y voluntos del hombre.

En ese papel subordinado, encaja otro venenoso prejuicio que convierte en circunstancia atenuante, cuando no eximente, de una agresión sexual el modo en que la mujer aparece ante las garras del machote: cómo va vestida, cómo peinada, cómo calzada, cómo sonríe, cómo es su verbo, qué dosis de salacidad se le presume, qué ánimo libidinoso la mueve,… Este prejuicio se combate, en mi opinión, con una validación simple: Nada de lo que lleve, haga, diga o sienta la mujer te da derecho a nada que la pueda violentar. ¿Entiendes, machote?

Cualquiera que sea la tipificación penal que a la justicia merezca lo que ocurrió en aquel portal de un céntrico edificio de Pamplona, lo que en todo caso es reprobable, repugnante, vejatorio, indigno (y apodíctico, quizá) es que esta grey de cazadores dejaran a la joven allí tirada, semidesnuda y abandonada como a un perro callejero.

Enerva que esta conducta innegable sea para el abogado defensor sólo signo de “mala educación y fuera de las reglas de la caballerosidad” y permitan calificar piadosamente a estos mostrencos (esto lo digo yo) como “buenos hijos”, aunque “patanes”, “infantiloides” e “imbéciles”. Aventuro que este abogado no tiene hijas (ni vergüenza). Estos “buenos hijos” estaban minutos antes guasapeando  con unos amigos con la siguiente joya literaria: “aquí, follándonos a una entre los cinco; puta pasada de viaje”.  Dos meses antes, estaban haciendo algo parecido en la Feria de Pozoblanco, otra puta pasada de viaje, que en este caso instruye por lo criminal el Juzgado de aquella localidad cordobesa.

El segundo modelo estereotipado que pace bajo estas acciones tan sonadas es el de la producción y realización del ‘juicio paralelo’, vicio en el que los medios de comunicación son expertos. Con la misma contundencia que he calificado personalmente a los machotes de La Manada, invoco la presunción de inocencia y la tutela judicial efectiva de los denunciados. El reproche social que merece lo hasta aquí probado no puede prejuzgar el alcance penal de lo actuado y es evidente que la presión social de determinados grupos y la alarma social desencadenada colocan a la Audiencia de Navarra en una posición difícil a la hora de emitir el fallo. Confiemos en la Justicia, como sostienen  los muchachos de la Manada, aunque hayamos perdido toda confianza en ellos y en sus métodos. Una (puta) pasada.