El conjunto arqueológico de Medina Azahara, en Córdoba, es por fin desde hoy Patrimonio Mundial de la Humanidad, reconocido por la Unesco. La mítica ciudad que Abderramán III construyó en el siglo X para su esclava favorita, la cristiana llamada entonces al-Zahrá, según la leyenda que refutan los arqueólogos, se suma así a las otras tres maravillas de Córdoba que cuentan con ese reconocimiento: la Mezquita, la Judería y el casco histórico y la Fiesta de los Patios. Un póker de esplendor monumental e inmaterial que no tiene parangón.

Más de cien años hace que se comenzó a excavar en Medina Azahara, pero de sus 115 hectáreas apenas ha aflorado todavía el 10%, o sea, la ciudad construida en varias etapas tras la original de Abderramán, como símbolo del poder supremo del Califato omeya, saqueada y destruida por la barbarie de almorávides y almohades menos de un siglo después, está todavía por descubrir.

El yacimiento cordobés tiene valor de “milagro arqueológico”, una ciudad efímera pero que ha llegado a nuestros días intacta -nunca se ha construido sobre ella-, convirtiéndose en una evidencia física del Califato de Córdoba, experiencia política y cultural única en Occidente. “Es un banco de investigación arqueológica histórica para recuperar la arquitectura, el arte, la jardinería,… aspectos que pueden dar a conocer cómo era una ciudad califal, cómo se construía, cómo se pensaba en esa época”, indica Alberto Montejo, director de Medina Azahara. Sin embargo, como vuelo arquitectónico, lo visible al visitante, exhibe poco más que el Salón Rico (donde el califa recibía a las embajadas importantes de la época); restos de la Mezquita Aljama y de algunas casas notables como la del Visir (Dar al Visir) o la de Yafar (Dar al Yafar), una especie de primer ministro; lo que era la red viaria y poco más. El centro de interpretación abierto hace casi diez años en Medina Azahara ha contribuido a su mejor conocimiento por los visitantes y añadido, por tanto, valor al inigualable conjunto arqueológico.

Como ha señalado el consejero de Cultura de la Junta de Andalucía, Miguel Angel Vázquez, “esta nominación es un ejemplo para seguir apostando por el patrimonio, porque invertir en patrimonio es invertir en el futuro”. La alcaldesa de Córdoba, Isabel Ambrosio, ha subrayado que “cuidaremos de Medina Azahara como lo hemos hecho de la Mezquita”.

Los discursos oficiales para la ocasión repiten como un mantra aquello de la “convivencia y la tolerancia entre las tres culturas”, un eslogan idealizado que está reiteradamente impugnado por la historiografía medievalista más acreditada, y cuya incorrección no resta ni un ápice de valor a Medina Azahara ni al esplendor de aquella Córdoba califal como centro del mundo en el siglo X. Pero sería más riguroso hablar de la “coexistencia”, o sea, que se fueron aguantando como pudieron en aquellos siglos. Basta leer los dictados de Alfonso X el Sabio (siglo XIII), que “convivió” con judíos y musulmanes en la Escuela de Traductores de Toledo, para calibrar la visión que tenía cada uno de los otros.

Pero el discurso nostálgico y políticamente correcto de la tolerancia de las tres culturas ha ido calando en el imaginario colectivo (hasta el ex presidente Obama la explotó en algún discurso institucional), y se ha utilizado a veces para el relato de la propaganda andalusí y, desde otro ángulo, con frecuencia para alimentar la memoria histórica fundamentalista del propio Islam.

Hay muchas leyendas sobre este flamante patrimonio mundial de la Unesco. Quizá Abderramán III no construyera Medina Azahara con el dinero que le ofreció a su esclava Azahara para rescatar cristianos (después de que ella no encontrara ni uno, ¡oh!), ni seguramente sembrara miles de almendros para teñir de blanco con su flor la falda de Sierra Morena donde se asienta la mítica ciudad, porque su amada echaba de menos las nieves del norte, pero los omeyas nos dejaron para la historia una joya de la arquitectura y la decoración palatina y doméstica, más sus saberes sobre el planeamiento urbano que nos marcó el camino hace más de diez siglos, y con todo ello los códigos de una cultura que, con más o menos tolerancia, forma parte indivisible de nuestro legado.