Dicen los espías que el ectoplasma de Puigdemont vaga por Bruselas estos días como alma en pena atormentada por la incertidumbre de Heisenberg y que el holograma de Gregorio Serrano, el todavía director general de Tráfico, estaba en su despacho la noche en que miles de ciudadanos sufrían atrapados por la nieve en la AP-6.

Lo que pasa es que no entendemos a estos hombres ni al primer ministro tailandés, el general golpista Prayot Chan-ocha, que ha dejado en exposición pública a un doble suyo de cartón para que la gente se desahogue e interactúe. Tampoco entendíamos a Mariano Rajoy cuando le dio por ofrecerse a los periodistas a través del monitor de plasma. No, no los comprendemos porque  somos seres anticuados que todavía vivimos de la física de Newton, cuando ya estamos en el mundo de la mecánica cuántica y de la teoría de las cuerdas, que describe al Universo en once dimensiones.

Los líderes citados (Gregorio, arma mía, que te he llamado líder) son hombres adelantados a su tiempo, sabedores de que no podemos conocer a la vez la posición y la velocidad de una partícula (principio de incertidumbre de Heisenberg), de modo que no podemos pretender que uno tenga una posición fija en su despacho o en el atril de un Parlamento (mucho menos si es un Parlament).

Pierden el tiempo los juristas expertos devanándose los sesos para refrendar o rechazar la posibilidad jurídica de que Puigdemont pueda ser investido sin su presencia, y patina Oriol Junqueras adelantando su creencia de que es ilegal y pudiera ser pecado, porque el ex presidente del ex Govern tiene la solución desde el 21-D: la teleportación cuántica, que permite que un objeto que está en un punto A aparezca en un punto B sin pasar por ningún lugar intermedio, utilizando para ello el fenómeno del ‘entrelazamiento’ de las partículas, uno de los protocolos de encriptación de la criptografía cuántica (no se rían, esto es LEvangelio de la Física cuántica actual).

Por lo tanto, no es el holograma de Puigdemont lo que aparecerá en el Parlament para su investidura, como ilustra la foto de este post recogida en redes sociales, sino el mismísimo Puigdemont en persona, con su bufanda amarilla, estando en Bruselas y apareciendo en un instante en Barcelona, y viceversa. Así, la sesión de investidura en el Parlament estaría integrada por una infinitud de instantes, gracias a la teleportación cuántica.

Y es que la ciencia y la tecnología están acabando con los usos y costumbres más civilizados: ¿cómo vamos a aceptar un debate en un Parlamento sin sus señorías en persona debatiendo, pataleando y aporreando en los asientos del hemiciclo, insultando, aplaudiendo,.. o sea, lo normal? Si Parlamento, incluso Parlament, vienen del francés “parlement”, en origen la asamblea de representantes del pueblo donde discutir (“parler”) sobre los asuntos públicos, ¿cómo se va a investir a un president mediante holograma o por teleportación cuántica, Carles, campeón del independentismo? Si esto del Parlament es tanto el templo de la palabra que en el castellano de los siglos XVI y XVII se decía “Palabramiento”.

Es tan absurdo como sostener que, gracias a la tecnología, se puede dirigir la DGT desde la ‘encantadora’ Sevilla porque funciona el teléfono, la Internet y el Skype. Pero Gregorio, mi arma, entonces dile a Zoido que te deje en la calle Sierpes con tu móvil y tu tablet. De la importancia de ocupar la sede del poder y del cargo en ejercicio da una idea (peregrina y recusable, eso sí) el hecho de que el dictador del siglo pasado estuvo dirigiendo este país durante cuarenta años por ‘la lucecita de El Pardo’ y no por los salmones que pescaba en el río Ulla. Y nos lo tragamos.

La tecnología ha incubado nuevas formas de trabajo no presencial, que permite instalar la oficina en casa, el smart-working  o las dos horas y media semanales que se ha sacado de la manga la Junta de Andalucía para no incumplir la sentencia del Tribunal Constitucional contra la implantación de las 35 horas semanales, pero esta realidad inexorable no habilita todavía para ejercer la representación cibernética de los ciudadanos ni el sexo tántrico.

Con teleportación cuántica, hologramas, plasma o cartones, los humanos de 2018 queremos seguir pudiendo ver, oír, oler y tocar en vivo y en directo a nuestros líderes. Los trucos de ilusionista se los dejamos al Eisenheim que interpretó  Edward Norton en la célebre película.