Cincuenta años después, de la actualidad del 68 sólo recuerdo personalmente, lo confieso, la mañana en que iba con mi madre a la Residencia sanitaria Teniente Coronel Noreña para que me quitaran la escayola del pie que me había lesionado un mes antes haciendo funambulismo sobre adoquines de la calle. Llegando al hospital, alguien dio la noticia: “han asesinado a Robert Kennedy en Estados Unidos”. Yo no sabía quién era Robert F. Kennedy ni dónde estaban los Estados Unidos. Era el 6 de junio y, cuando varias semanas antes me fracturé el calcáneo, tampoco sabía que bajo los adoquines estaba la playa, como acababan de descubrir los estudiantes de la Universidad de Nanterre.

Del mítico Mayo del 68 sólo tuve conocimiento que merezca tal nombre ocho años después, en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, sita junto al Palacio de la Moncloa que aún no acogía a la Presidencia del Gobierno, cuando algún veterano recordó el famoso concierto de Raimon del 18 de mayo de 1968 en la antecedente Facultad de Ciencias Económicas, Políticas y Comerciales, ubicada entonces en la actual de Geografía e Historia, en la Ciudad Universitaria de Madrid. Era demasiada música para el régimen y, a la vista de la agitación que por ósmosis estaba provocando el ejemplo francés en los movimientos obrero y estudiantil en España, Franco decretó en 1969 un estado de excepción que sofocó las insurrecciones. Hubo que esperar a la muerte del dictador en la cama para importar la experiencia del país vecino.

De modo que en la Facultad de Ciencias Políticas, apenas un año después de la muerte del   dictador, empezamos a vivir en diferido un Mayo del 68 permanente. Algunos años duró. Entre 1976 y 1980, no recuerdo ni un solo curso (ni un trimestre, al menos) sin conflicto: la España convulsa de una transición en pañales abonaba en la Universidad un revival tardío del Mayo francés del 68. Entonces, las aulas ardían ya con apasionados debates sobre la monarquía que nos había dejado atada y bien atada Franco, sobre la oligarquía financiera, la detestable burguesía y que, por tanto, las aspiraciones de cambio de época estaban en ebullición. En las tribus universitarias de la izquierda, el PCE era el timonel de la agitación estudiantil y, en segunda fila, navegábamos los simpatizantes de organizaciones que tuvieron su encanto en aquellos años, como el PTE, la ORT, el MCE, etcétera, unas franquicias de los catecismos marxista-leninista, trotskista y maoísta, para quienes los comunistas eran unos insoportables “revisionistas”. Aunque no me afilié a ninguna de estas siglas que nos seducían a los ‘progres’, mi lideresa de referencia era la inolvidable Pina López-Gay, secretaria de la Joven Guardia Roja, la organización juvenil del Partido del Trabajo de España, llamada entonces ya “la rosa roja de la transición”. Y en el trabajo de campo, nos batimos en múltiples batallas en la Ciudad Universitaria con los “grises” (policía nacional) montados a caballo, que de esta manera podían apalearnos con alevosía.

El templo de aquella progresía universitaria, tan divergente, creativa y pasional, era en Madrid el ‘Johny’ (el Colegio Mayor San Juan Evangelista, perteneciente a la Caja de Ahorros de Ronda), el centro de referencia donde convivían los debates ideológicos y el activismo político de la izquierda con la música y la literatura de las vanguardias, el teatro independiente, las aulas de cultura.. y por el que desfiló en aquellos años todo aquel que era alguien o tenía algo que decir sobre el mundo de nuestros sueños. ¡Qué bonito nuestro Mayo del 68, ocho o diez años después, cuando el ‘modelo’ parisino estaba sufriendo ya la tercera ley de Newton con la reacción de la URSS invadiendo Checoslovaquia, la matanza de universitarios en la Plaza de las Tres Culturas (México), la irrupción de emergentes grupos terroristas de izquierda y derecha, y la incubación de la ‘revolución conservadora’ que daría a luz poco después a Thatcher y Reagan.

Lo que vino más tarde hasta hoy fue un interminable debate sobre “el relato del 68” (el relato, ese término en boga que pelean hoy día los entes de toda laya para imponer su verdad en la historia). Empezando por el qué fue ‘Mayo del 68’: ¿una revolución social fallida? ¿una rebelión antiautoriaria? ¿un movimiento antisistema? ¿una mutación cultural? ¿un cambio de era? Y siguiendo por su legado, ese con el que Nicolas Sarkozy se propuso acabar, fuere el que fuere.

Nadie, ni la derecha ni la izquierda, invoca hoy en su ADN el Mayo del 68, porque nadie salió bien parado de aquella explosión social, pero todos le deben/debemos algo, paradójicamente. Los estudiantes que ocuparon la Sorbona y levantaron barricadas en el Barrio Latino y los obreros de las grandes industrias autóctonas que convocaron una huelga general brutal pusieron en solfa la obsolescencia de las viejas estructuras del Estado autoritario, partidos políticos, sindicatos, Universidad, familia, etc., y no dejaron títere con cabeza. Pero la entronización del individualismo, de un indisimulado hedonismo, de la autonomía de la sociedad respecto al Estado y de un cierto relativismo moral pueden alimentar hoy un discurso neoliberal, así como la vindicación de derechos civiles avanzados, especialmente de las mujeres, junto a referencias ideológicas de raíces marxistas, podrían ser asumidas orgullosamente por la izquierda.

Mirado con el sesgo retrospectivo (inaceptable para enjuiciar el pasado con los   ojos del presente), las referencias políticas del Mayo del 68, que convertían al maoísmo en doctrina liberadora, no fueron muy afortunadas, la verdad sea dicha. 40 millones de chinos habían muerto de hambre en el ‘Gran Salto Adelante’ (1958-60) y cientos de miles más eliminados en la ‘Revolución Cultural’ (1966-69), las dos grandes contribuciones de Mao Zedong a la historia de las ideas políticas.

No obstante, en el catálogo de eslóganes concebidos por el genio creativo de aquel tiempo excepcional se podrían reconocer hoy gran parte de la juventud por la rebeldía y la esperanza que los alentaba: “seamos realistas, pidamos lo imposible”; “hagamos el amor y no la guerra”, “que se pare el mundo que me bajo”.

Y los que ya no somos jóvenes, los hijos de Mayo del 68, unos legítimos y otros bastardos, deambulamos por distintas calles en las décadas siguientes: los ha habido reformistas y haylos rupturistas (los adanistas, como su nombre indica, no se reconocen en nadie anterior a su existencia). Dicen que algunos de los líderes del 68 son ahora de Macron y que otros se han perpetuado en el poder de Francia demasiados años. Pero sin aquellas ‘Utopías del 68: de París y Praga a China y México’, que ha glosado en libro mi profesor Antonio Elorza, ni a uno, ni a sus hij@s, ni a l@s hij@s de sus hij@s, nos sonaría igual la eterna melodía de la esperanza en un mundo mejor.