Las ramas de los cofrades del santo reproche que se culpan entre sí del fracaso de Barcelona en su opción de albergar la Agencia Europea de Medicamentos (más conocida como EMA, European Medicines Agency) nos impiden ver, por un lado, el bosque real de la UE con sus frágiles equilibrios en el reparto de poder y sus votos en almoneda cual si de Eurovisión se tratara; y, por otro, el tamaño real de nuestro voltaje diplomático en este club de socios al que orgullosa y fructíferamente pertenecemos.

Ha sido el patetismo de las reacciones desencadenadas lo que ha dominado la escena, rivalizando en el dislate el independentismo catalán irredento (que culpa del fracaso al 155 y a los ‘porrazos’ del 1-O, como el asesino que atribuía a la víctima haberse lanzado contra el cuchillo una y otra vez, y así hasta 40 veces) y el superviviente Pedro J. Ramírez, que pide la cadena perpetua para los separatistas por haber robado a Cataluña la EMA, sus 1.000 empleados, sus 300 millones de presupuesto y “36.000 noches de hotel” (sic) (?).

Nadie con más de una neurona por centímetro cúbico podía esperar que la EMA saliera de Reino Unido por el ‘Brexit’ (en marzo de 2019) para venirse a Barcelona amenazada por el ‘Catalexit’, pero resumir la operación en estos términos revela también escasa densidad neuronal:

Primero, porque había docena y media de ciudades candidatas, con ilusiones y aspiraciones equivalentes. Segundo, porque algunas de éstas habían vitaminado su candidatura con incentivos muy dignos de consideración (Amsterdam, la ganadora, puso 18 millones € como ‘razón de peso’ y beneficios fiscales interesantes para los expatriados). Tercero, porque España cuenta ya con cuatro agencias europeas (Seguridad y salud en el trabajo; Oficina de Propiedad Intelectual; Control de la Pesca; y Centro de Satélites), además de ‘Fusion for Energy’, organización de la UE que gestiona la aportación de Europa a ITER, el mayor proyecto internacional para el desarrollo de la fusión como fuente ilimitada y viable de energía, que tiene su sede precisamente en Barcelona.

Dicho todo lo cual, añadamos que la oferta técnica de Barcelona era excelente; el edificio puesto a disposición, una gozada estética arquitectónica; las infraestructuras de transporte, muy competitivas; y la ciudad, por clima y belleza, una maravilla para los empleados de la EMA que vendrían de UK.

La EMA arrastra, además de mil empleos muy cualificados, más de 1.500 empresas satélite que trabajan en su entorno, y mueve al año a más de 40.000 expertos de las disciplinas ligadas a biotecnología, investigación farmacológica, ciencias de la salud, innovación industrial, etc. O sea, que yo hubiera cambiado la EMA por dos o tres agencias de otras ramas y saberes, pero no nos lamamos las heridas con lengua venenosa y discapacitada. Ha sido la crónica de una lamentable decepción anunciada, que nos debe doler a todos.

Por consolarnos, haciendo patria pequeña: ¿No habría quedado bien la EMA, aquí en Andalucía, en el Parque Tecnológico de Ciencias de la Salud en Granada?  Oiga, Bratislava, la hermosa ciudad eslovaca a orillas del Danubio,  es poco mayor que Granada y quedó por encima de Barcelona en el primer corte.