La mecha la encendió Cristina Cifuentes, la mecenas de Andalucía (ver nuestro post de 17 de noviembre de 2016), que perderá su empleo en la Puerta del Sol de Madrid y su Máster fantasma, por iniciativa propia o ajena, pero la pólvora corre como el tornado que sacudió antier el centro de Sevilla y ha desencadenado un fenómeno catártico en los CVs (currículums por mejor decir) de la clase política española. Algo así como una inesperada visita a domicilio de un/a fisgón/a que nos coge con la casa manga por hombro o un 23-F que te coge con los posters de Lenin y Juan Rejano en las paredes del salón. CC ha provocado un terremoto en los CVs de nuestra CP.

Ni un color político se ha salvado en el primer arreón, sólo falta que UPyD, si existe, diga algo. Unos con mentiras piadosas, otros con embustes groseros, algunos con ficciones seriadas y muchos con imprecisiones intencionadas. La conclusión es que nuestros ilustres representantes políticos se mueven por dos creencias discutibles: una, que los títulos les confieren un valor superior ante los votantes; y dos, que les ayudan a medrar dentro de su propia organización.

De ahí que los más ambiciosos, por ejemplo, Pablo Casado (PP), se adorne con un posgrado en Harvard cursado en cuatro días en la muy noble y leal localidad madrileña de Aravaca; o que Cristina Cifuentes haya malogrado su prometedora carrera política por apuntar en su CV un Máster en Derecho Autonómico cuando siendo Delegada del Gobierno en Madrid tenía entre ceja y ceja la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Y ella díjose: “cuando Mariano y otros subalternos del partido vean mi CV, con ese pedazo de Máster, no dudarán en proclamarme candidata”. ¿Para qué necesitabas ese churrete, Cristina, alma de cántaro?

Nuestros respetables (unos más que otros) representantes políticos no han hecho  más que sucumbir a los dictados de la cultura imperante: un mantra que asocia el Máster a un bien esencial para la supervivencia y al calor del cual han proliferado productos auténticos y subproductos de saldo. Nuestr@s hij@s no habían acabado la carrera universitaria y ya hablaban sólo del Máster que tenían que hacer después. Era como si los 5 ó 6 cursos de la licenciatura o el grado no valieran si no acababan vitaminados con un Máster de algo. Y esta aspiración era independiente del itinerario académico (es obligado ahora en el caso de pretender alcanzar el doctorado) o profesional que eligieran.

Abundando en el discurso, digamos que las víctimas de la masteritis son reos también de otro estereotipo: el que asocia la alta formación con la cotización del político, es decir, si eres abogado del Estado, ingeniero o doctor de algo se presume que reúnes mejores condiciones para el ejercicio de la política. Esta circunstancia, cuando menos, está sobrevalorada y, cuando más, repugna al método científico. Tenemos múltiples ejemplos de altos funcionarios y/o catedráticos que han sido verdaderos badulaques en sus desempeños políticos. No daré nombres para no ofender.

Hace 60 años, el dictador Franco tuvo un gobierno de tecnócratas (la mitad del Opus Dei) que fue muy valorado por los defensores del Régimen. Incluso mucha gente estaba convencida de ello. El ejemplo, visto con perspectiva histórica, puede  servir para relativizar el valor político de la tecnocracia.

Sensu contrario, la historia nos ilustra con admirables autodidactas que han dejado huella como políticos sólidos, solventes y reconocidos por los ciudadanos, como el tipógrafo Pablo Iglesias Posse, el panadero José Díaz, el estuquista Largo Caballero, el taquígrafo Indalecio Prieto, el también tipógrafo Diego Martínez Barrio, el electricista José Luis Corcuera, el obrero metalúrgico Marcelino Camacho, el minero Gerardo Iglesias y muchos más. He conocido alcaldes autodidactas con un talento político envidiable que interpretaban como nadie las aspiraciones de sus ciudadanos y se dejaban la piel en satisfacerlas. Ese es el gran político, tenga o no un Máster, Cristina.

Con ella empezó todo, pero la ‘Operación Rey Juan Carlos’, que acabo de inventarme en mi conmemoración del 14 de abril y que parece lo que no es, ha provocado una catarsis en los curriculums de Sus Señorías  (hay ya ‘negros’ contratados estos días para rehacer a alta velocidad CVs, antes de que el periodista de turno te pregunte o para adelantarte a la investigación obviando la expresión latina: excusatio non petita, accusatio manifesta).

Pero el Máster de Cristina Cifuentes, filántropa chulapona madrileña, alma de cántaro, tendrá otros efectos indeseados porque ha abierto la caja de Pandora en la Universidad Rey Juan Carlos, además de hundirla en la ciénaga del desprestigio, y a la vez le ha abierto a Mariano Rajoy el melón interno del PP en el que las ranas de la charca de Esperanza Aguirre empiezan a croar en clave de venganza.  Atentos.