Hay un mantra alimentado a conciencia por los poderes fácticos y algunas almas biempensantes que pronostica los peores presagios para un país sin Gobierno (España en este momento, un suponer). Mi admirado profesor Fernando Faces, de quien tanto aprendí en mi doctorado en Economía, escribía hace unos días en un periódico un interesante artículo que, bajo el título ‘El precio de la irresponsabilidad’, advertía sobre “el alto precio que tendrá para los ciudadanos, en términos de crecimiento, empleo y bienestar, tanto el retraso de las elecciones como, y sobre todo, el posible fiasco final de un gobierno débil e inestable que nos conduzca a una nueva recesión”. La moraleja apuntaba a la gran coalición de los dos grandes partidos como solución óptima e inexorable al mal del impasse  que nos aflige. Me incomoda discrepar de quien tanto me enseñó pero, lloviendo sobre mojado (se extiende como mancha de aceite esa corriente de opinión), no me he podido resistir a declararme ‘divergente’ de ese dogma entronizado por tantos creyentes: preclaros profesores, hombres de Estado, modelo jarrón chino, banqueros ilustres y sus servicios de estudio, la Troika (en la foto), la trinca y Mariano Rajoy.

 Tratemos primero de refutar el mantra del ‘sin Gobierno. Y como diría Gila de la guerra, esto tiene sus cosas malas y sus cosas buenas. Por ejemplo, entre las buenas, que la corrupción ech el freno de mano, los corruptos se cortan un poco, por las dudas, al no saber quién va a acabar mandando: nadie se imagina  nadie en este momento saqueando las arcas públicas en Madrid, Valencia o Catalunya: de hecho, esperan ansiosos el desenlace del Gobierno para continuar su tarea. Por lo tanto, he aquí el primer beneficiario del no Gobierno, un paréntesis sin corrupción.
Siguiente dividendo del ‘sin Gobierno’: nadie les echará cuenta a ‘los hombres de negro de la Troika que vienen, con rictus de funeraria, a meternos por vereda. Los nervios de la Troika (principal argumento esgrimido por los defensores de un Gobierno como Dios manda) se deben precisamente a ello: ¿están los ministros en funciones De Guindos o Montoro con los galones y el humor necesarios para atenderlos  hoy? ¿Alguien ha tenido noticias de algún recorte estatal en los tres meses transcurridos desde las elecciones? Ni uno. Todos felices (y tiemblen cuando llegue el nuevo Gobierno). ¿Cómo se explica, si no, que Bélgica estuviera 541 días sin Gobierno, entre 2010 y 2011, y su economía evolucionara mejor que la media de la eurozona en
crecimiento, tasa de desempleo y cuentas públicas. En el mismo periodo,  a España con Gobierno le fue peor en todos los indicadores señalados. ¿Cuándoacabó el carpe diem de los belgas?
Precisamente, cuando no hubo dosis de Trankimazin suficiente para calmar los nervios de los mercados. He aquí el busilis de la cuestión.
En fin, entre otras ventajas adicionales del ‘sin Gobierno’ están no tener que pelearse con la Generalitat de Catalunya, no tener que comparecer el Presidente en el monitor de plasma ni en el Congreso de los Diputados, ahorrar en viajes del jefe del Estado,… Italia ha tenido 63 gobiernos en 70 años, lo cual no ha impedido a su economía estar siempre por delante de España y relativiza el impacto de los gobiernos estables en la prosperidad de un país.
Ironías al margen, la siguiente cuestión es preguntarnos si con Gobierno vivíamos mejor y, si la respuesta fuera afirmativa, como primera derivada de la interrogación: ¿quiénes? ¿Rodrigo Rato, Ignacio González, los Pujol, Urdangarin,…? ¿los parados, los dependientes, los millones de pobres, los trabajadores en precario, los millares de jóvenes titulados superiores que  hubieron de emigrar, las clases medias empobrecidas,… No es una verdad científica que con Gobierno se vive mejor. Admitamos que con Gobierno hay menos incertidumbre, más confianza general y nuestros acreedores necesitan menos ansiolíticos. Y, desde luego, ensalcemos que un buen Gobierno es esencial para garantizar el bienestar social, la equidad y la redistribución de la riqueza, la justicia, las libertades que definen a las sociedades civilizadas, las reglas de juego para los agentes económicos y sociales, una cierta disciplina fiscal,….
Fórmese entonces un Gobierno que haga honor a su nombre y la primera condición es que tenga estabilidad y la coherencia exigible, PSOE y Ciudadanos, contestes para la tarea, no reúnen por sí solos los requisitos y sería, desde luego, un martirio si pudieran asumirlo por una repentina abstención de Podemos en el último minuto (se puede descartar absolutamente la del PP).
La alternativa denominada ‘la gran coalición’ es hija del establishment  y entiéndase  por tal la definición original de quien lo acuñó, el periodista británico Henry Fairlie: con este término “no sólo quiero definir los centros oficiales de poder, sino a toda la matriz de relaciones oficiales y sociales dentro de la cual se ejerce el poder”. Al establishment  sólo le preocupa su propia conservación, ignorando olímpicamente los efectos colaterales de su proclama. No son  relevantes las consecuencias de su propuesta: ¿qué pensarán y cómo reaccionarán los votantes del PSOE y todos los que nunca votarán al PP? ¿En qué altar (lugar de sacrificio, en griego) se debe inmolar uno de los coaligados, en nombre de la Patria y en favor de ciertos patriotas? ¿A qué maestro armero se le reclaman luego los daños irreparables? Y ya por redondear:  ¿la gran coalición garantiza el Gobierno más justo, equitativo y reformista que necesita hoy España?
¿Qué hacer, pues?  Una pista: los tres últimos Primeros Ministros (¿en qué quedamos: últimos o primeros?) de Italia no han salido de las urnas. Mario Monti, Enrico Letta y Matte Renzi llegaron al cargo sin ganar unas elecciones, para desbloquear una situación ingobernable, y propuestos por el ‘Rey Giorgio’ Napolitano, presidente de la República de Italia (en el caso de Monti, inducido por la Troika).
Llegó la luz al fin: o espabila Felipe VI para proponer un candidato viable o nos lo coloca la Troika comunitaria. O, en su defecto, repetimos elecciones, no siendo seguro que sin Gobierno se viva peor.