Lo más significativo del que tantos califican hoy como “el desafío sin precedentes” de los independentistas catalanes es que tiene precedentes, y no uno ni dos, circunstancia que ayuda a entender y enmarcar el problemazo territorial de España.

Como  muchos de ustedes saben, el 6 de octubre de 1934 el presidente de la Generalitat, Lluis Companys, proclamó “l’Estat Català de la República Federal Espanyola”, pretextando su decisión contra “las fuerzas monarquizantes y fascistas”. En aquel momento, presidía el Gobierno de la República el ínclito Alejandro Lerroux, un tío de La Rambla (Córdoba), uno de los políticos más notables, poliédricos e indescifrables de su tiempo que, aliado con los derechistas de la CEDA, logró ser jefe de Gobierno cinco o seis veces en un par de años. La política radical-cedista sirvió de magnífica coartada a Companys para meterle una china gorda en el zapato a la maltrecha II República española. Tres años antes, sin excusa de Gobierno de derechas y con la República aún en pañales, su antecesor Macià había proclamado  “la República catalana com a Estat integrant de la Federació Ibèrica”.

En aquel octubre turbulento de 1934, Companys desencadenó una batalla que acabó perdiendo sin remisión. Apoyada en apenas 300 mossos d’Esquadra (debían de ser como los “300” espartanos de Leónidas), dos o tres mil escamots (una suerte de milicia improvisada), el somatén catalán e incluso algunos rabassaires armados, la Generalitat se creyó fuerte y desafió (también con precedentes) al Estado español. El Gobierno hubo de movilizar al Ejército para hacer frente a la insurrección: con los primeros cañonazos, los aguerridos consellers y comisarios de orden público de la Generalitat, presos de un miedo insuperable, según cuenta la historia, intentaron escapar por el backstage, digamos, pero fueron interceptados como si dijéramos en el proscenio y programados para Consejo de guerra.

El más famoso de los valerosos catalanistas de aquel día, Frederic Escofet, condenado a muerte (e indultado, como los demás, por Alcalá Zamora), escribió y publicó luego un libro de memorias cuya primera parte tituló La Desfeta (el desastre).

¿Para qué recordamos otra vez la historia? Primero, porque es muy saludable e instructiva, y, segundo, para afianzar el mitin- discurso que sigue a continuación.

En mi post anterior sobre el affaire de Cataluña, datado el 20 de septiembre de 2015, constataba “el deterioro brutal de la relación sentimental de España y Cataluña en cuatro años”. Ni les digo ni sabría ya calificar hasta dónde se ha degradado esa relación emocional después de  dos años más. No hay certeza de quién es el maltratador de la pareja pero sí de que a ésta no la recupera ni Santa Rita de Casia y San Judas Tadeo operando en joint venture.

Al punto que hemos llegado, el sudoku territorial de España no tiene hoy solución a la vista, perdonen mi pesimismo. En primer lugar, por lo que se refiere a los independentistas, porque ya no aceptarán ninguna salida que no pase por la ‘desconexión’ y la erección de un nuevo Estado. Después de las tropelías perpetradas en los últimos días (técnicamente, han dado un golpe de Estado), saltarán incluso por encima de su propio referéndum fantasma para declarar la independencia unilateral. A sabiendas de que están en un camino de no retorno, deben llegar hasta el final, quemando las naves para engordar su mitología de leyendas y héroes, desde Guifré el Pilòs y Rafael Casanova (1714) para acá. Un hombre tan gris y pintoresco como Puigdemont puede ser su penúltimo mártir.

Muchos nos hemos preguntado en los últimos años, mientras criticábamos el dontancredismo de Rajoy con esta dramática cuestión, si negociar con los nacionalistas conduce a algún sitio. La respuesta que hemos encontrado sólo deriva al escepticismo, pero es cierto que les sirvió a PP y PSOE durante décadas, en una fase intermedia de desarrollo, para estabilizar la transición en España y asegurarse el Gobierno.

En segundo lugar, por lo que se refiere a los ‘españolistas’, anotar en su debe, con números grandes, el error ‘judicial’ que supuso en 2010 la sentencia del TC contra el Estatuto de Cataluña, resolviendo el recurso interpuesto por el PP. Con ella empezó todo, como diría el futbolista Piqué. Después, todo ha sido llanto y crujir de dientes. El sudoku territorial no ha soportado el test de estrés de la crisis económica brutal, aprovechada por la dirigencia catalana (en alianza contra naturam de la burguesía de la corrupta CiU con la ERC y los antisistema de la CUP) para agitar la amígdala de las emociones de sus ciudadanos. ¿Quién que esté pasándolo regular mal diría que no a ‘España nos roba’, al derecho de autodeterminación o al mundo de Alicia en el país de las maravillas que prometen los independentistas?

Dudo, por otra parte, que la buena voluntad conciliadora que, en estas praderas españolistas, están poniendo algunos, como el PSC-PSOE, tengan visos de éxito. ¿Qué es esto de ‘nación de naciones’, Pedro, sangre mía? ¿Esa propuesta evanescente y ambigua resuelve el sudoku o lo pasa de ‘muy difícil’ a ‘sin solución’? ¿Qué es una nación? ¿Quién la define? ¿Cuántas hay en España? ¿Quién aceptará no ser nación, y sus implicaciones, cuando las enumeres, y quién se conformará con ese rango si lo reclama incluso Murcia, qué hermosa eres, cantón de Cartagena incluido? Lo ha escrito muy bien mi querido Angel López, jurista y político lúcido, al precisar que nación es lo que definan los propios nacionalistas (siempre un sujeto político diferenciado), que nunca coincidirá con lo que queramos definir quienes no lo somos. Por lo tanto, nación de naciones sería una ocurrencia “nominalista” sin contenido, y yo añadiría distópica.

¿Qué hacemos, entonces, me dirán ustedes? ¿Entregamos la cuchara, nos resignamos a la desgracia? ¿Dejamos a Cataluña que se vaya a Ítaca, como poéticamente sueña Anna Gabriel (CUP)? [Se oye entonces un clamor entre los nacionalistas españoles más radicales: sí, sí, sí, que se vayan].

Bien, mi Plan de Acción a corto plazo tendría las siguientes líneas:

  1. La mayoría social que no está con el separatismo en Cataluña debe ya aflorar. Ha estado intimidada, acongojada, desorganizada, pero ya no tiene excusa. Mañana saldrán a la calle un millón de catalanes en la Diada, pero hay seis millones y pico más que estarán en sus casas y en sus cosas. Hay una puerta abierta a la esperanza con los resultados de la encuesta de Metroscopia publicada hoy, según la cual más del 60% de los jóvenes catalanes es partidario de buscar una salida negociada (y ello aunque, como todo el mundo sabe, el 78% de los españoles no se cree las encuestas de Metroscopia, jaja).
  2. Los esfuerzos propagandísticos y negociadores de quienes defienden la España con todas sus nacionalidades y regiones deben tener como ‘target’ a esa mayoría social de Cataluña que no se quiere ir y que votará en las próximas inminentes elecciones.
  3. Rezad lo que sepáis los que practicáis para que el 1 de Octubre, fecha del referéndum fantasma, seamos todos civilizados y no tengamos que apuntar el primer precedente del siglo XXI.